
Hoy, al salir del trabajo, hasta la quijotera de antojo, he comprado dos Kinder Sorpresa: uno para mí y otro para Cris.
Me acuerdo que de pequeño, siempre que volvía del colegio por la tarde y no tenía que ir a Tae-Kwon-Do, íbamos mi madre y yo a una heladería a merendar. Ella me compraba un bollo y me daba a escoger entre un “huevo” Kinder o 50 pesetas en golosinas. Dependía de mis ansias de azucar, pero normalmente escogía el huevo, no por el “atracón” de chocolate que me otorgaba, sino por la sorpresa. Y es que… ¿Quién se ha comprado un Kinder Sorpresa si no era para conseguir la susodicha sorpresa? Yo creo que nadie.
Los niños ya sabíamos que el chocolate no era lo que nos interesaba, de hecho, la mayoría sólo cómiamos lo necesario para sacar la cápsula del regalo y luego dejábamos el resto mientras nos entreteníamos con la sorpresa (cuantas veces nos habrán dicho: “¡Pero cómetelo todo!”). Si había suerte venían un montón de piezas sueltas junto a un papelito alargado donde, con gran detalle, nos indicaban las instrucciones para montar lo que posteriormente se convertiría en nuestro nuevo juguete durante el siguiente par de horas. Si no había tanta suerte al menos nos tocaría una figurita pintada a mano perteneciente a una colección especial.
Tanto los juguetes que teníamos que montar, como las figuritas, se actualizaban cada año para que no se repitiesen. ¡A mí apenas se me repitieron dos o tres juguetes en toda mi vida!

Lo mejor de todo era la calidad de estas sorpresas. Las figuritas, que estaban pintadas a mano y con grandísimo detalle, formaban suculentas colecciones de divertidos animales ejerciendo profesiones humanas, de personajes de dibujos animados o fantasmas en sus escondites preparados para dar el susto. Normalmente eran creadas por la propia compañía Ferrero, excepto las ediciones especiales de dibujos animados, como Doraemon o Los Increíbles.
Pero, como ya dije antes, lo que creo que más nos gustaba a todos los niños, era la posibilidad de que nos tocase el juguete que teníamos que montar nosotros mismos. Mientras lo montábamos ya perdíamos bastante tiempo, pero es que además, los juguetes en muchas ocasiones eran altamente divertidos. Recuerdo una vez que me tocó el típico helicóptero que tras tirar de una cuerda dentada se ponía a volar.
Hoy en día, es uno de esos productos que mantiene su esencia, y lo único que ha cambiado es la adición de un código, que tras introducirlo en una página web nos permitirá jugar a un minijuego para niños.

Me gustaría puntualizar que, si tras leer este post os han dado ganas de comprar uno, quizás no lo encontréis en ningún lado, porque en verano no se comercializa (como muchos otros productos Ferrero). En su lugar podéis optar por el sustitutivo Kinder Joy.

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